Tal vez hoy, 25 de mayo, Elías Chucair podría estar cumpliendo 99 años. Pero su destino fue el de dejar este mundo terrenal el 30 de julio de 2020. Nació, vivió y falleció en su querido Ingeniero Jacobacci, en la estepa rionegrina, y desde allí recorrió intensamente casi todos los paisajes patagónicos, y les escribió con pasión y método, desplegando sobre el papel estilos poéticos y narrativos plenos de calidez y respeto. Dejó una obra bibliográfica enorme, invertía sus ahorros en la edición de sus libros y los repartía generosamente, como obsequio a bibliotecas y otras instituciones, con maravillosas dedicatorias a sus cientos de amigos. Tuve la dicha de pertenecer a esa legión chucairiana, y un largo estante de mi biblioteca está habitada por este hombre de sonrisa sincera, de gesto siempre cordial, gran conversador, propietario de memoria riquísima en anécdotas y detalles de la vida rural de la región. Como ésta, que tomé de “Desde la Patagonia… de todo un poco”, ediciones Del Cedro, 2011, con prólogo de quien fue su editora y gran amiga (mía también) Julia Chaktoura.
Curiosa cruz en el campo
En un lugar del campo de estancia “La Elena” de don Manuel Rodríguez, en Carrilaufquen Chico, a menos de cuatro leguas al este de Ingeniero Jacobacci, sobre una pequeña elevación del terreno cubierto de coirones y bajos matorrales, se levanta una cruz de unos dos metros de altura, que despierta sin lugar a dudas la curiosidad, por tratarse de una cruz que no señala el sitio de una tumba.
En la tabla horizontal, asegurada por un tornillo, don Manuel dejó escrito: 1945. Un tiempo después del año indicado el hombre descendiente de vascos que la plantara fue hasta el lugar y la encontró destruida, en el suelo. Entonces decidió reconstruirla y con el encargado de su campo, Pocholo Chuquer, la colocaron nuevamente de pie, enterrándola en profundidad y apoyándole unas piedras en la base, así como se encuentra en nuestros días.
Consta de dos postes verticales unidos por ataduras de alambre, una tabla cavada en su parte inferior y algo más arriba una plancha de chapa atornillada. Casi pegada y protegida por la tabla horizontal que cruza los postes, dando forma a esa insignia y señal de cristiandad, hay una placa metálica asegurada con dos tornillos, que cubre una aparente cavidad en los postes, mostrando una inscripción legible hecha con lápiz carbón, que dice –Por el Bien de Todos-
No hace mucho, precisamente el 17 de octubre de 2009, Guillermo Sperati , hijo político, y Guille, nieto de don Manuel, sospechando que algo había detrás de esa placa, procedieron a retirarla y encontraron un sobre de papel, con la inscripción: -Explicación del significado de esta cruz-. Y en el interior dos postales de la Virgen de Luján y de Santa Teresa del Niño Jesús, recortes de diarios de la época de color marrón sepia, y un manuscrito bien legible, escrito por don Manuel, padre de Teresa y abuelo de Guille y Nicolás Speratti, que dice textualmente:
‘Carrilaufquen, 15 de agosto de 1945. Oración al Todopoderoso.
Que esta cruz sea símbolo de respeto para todo aquel que pase de ella y que piense que ha sido colocada para rogar al Altísimo que vierta sobre este campo y el de los buenos vecinos la Bendición de Dios haciendo que llueva con la frecuencia necesaria como para que podamos vivir.
Agradeciendo a Dios por la buena felicidad que nos brinde y rogamos al Todopoderoso que esta cruz sirva como un monumento a la paz en el futuro del mundo, ya que en este día se terminó la guerra mundial número 2, que ha sido la más horrible catástrofe que la humanidad haya sufrido hasta el presente.
Coincidiendo con la feliz terminación de la guerra fue colocada esta Cruz también como ofrenda de gratitud por las fuerzas del bien y para que persista el recuerdo de este glorioso día. Sólo pedimos a Dios que esta Cruz sea respetada por todos los humanos y si alguien que pasara hiciera algún daño intencional reciba de Dios el castigo que merezca.
Deseamos gloria a Dios en el cielo y paz y felicidad para toda la humanidad en la tierra, que así sea, Amén’
A un costado del papel, escrito en forma transversal, expresaba lo siguiente: Si alguien sacase del lugar esta oración, luego de leerla le agradecemos que la vuelva a poner en su lugar, si así no lo hiciera se considerará como dañino”.
La emotiva crónica escrita por Elías Chucair, a casi ochenta años del hecho inicial que relata, cuando las guerras siguen sucediendo y miles de víctimas inocentes han caído muertas, nos invita a la reflexión y nos lleva a admirar la figura de aquel inmigrante español que allí, en la soledad de su campo patagónico, quiso dejar testimonio de fe y esperanza en la continuidad de la paz.
Por ésta y tantas otras páginas notables el amigo Elías sigue presente, y lo abrazamos con cariño en el día que hubiese cumplido 99 años.
Carlos Espinosa, mayo de 2025



