Huahuel Niyeu. «Un club con Historia y futuro»

Para seguir la huella imborrable de Tiro Federal Huahuel Niyeo, habrá que llegar hasta Ingeniero Jacobacci: un pueblo de nueve mil habitantes -muchos descendientes de sirios y libaneses-, frío, seco y ventoso, donde las nevadas clausuran las canchas a cielo abierto entre junio y septiembre.

Nada a lo largo de los 200 kilómetros que lo separan de Bariloche ofrece indicios de buen fútbol. Un trazado ripioso a mitad de pavimentar y desolados parajes de productores ovinos retratan, por si solos, esta línea sur que recorre la meseta patagónica desde los Andes hasta el Atlántico.

Así, el fútbol en Jacobacci pareciera arrimarse más al mundial en la Patagonia pincelado por el gordo Soriano en El hijo de Butch Cassidy -con granizo, mapuches y un amnésico juez de línea-, que a la mítica leyenda moldeada por Huahuel Niyeo, o “lugar de la garganta” en su traducción del mapudungun.

El club, fundado en diciembre de 1931 entre medio del obraje ferroviario, se convirtió rápido en el centro de las actividades sociales, culturales y deportivas del pueblo. En su primera reunión de comisión directiva con mayoría de hinchas riverplatenses, estableció como identidad cromática una banda roja atravesada sobre fondo blanco y mandó a comprar once camisetas, buzo de arquero, silbato, una pelota y 20 kilos de cal.

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Hasta fines de los ’60, jugaba contra Ramal Esquel, Sportivo Maquinchao, El Refugio, Ferro y otros equipos de alrededores. Pero un hecho clave de 1971 lo lanzó al fútbol grande de la Patagonia: Huahuel ingresó a la Liga de Fútbol de Bariloche (Lifuba) y en su primera década obtuvo tres campeonatos y cinco subcampeonatos.

Las claves de aquel equipo dirigido por Sartor y Robles fueron Rodrigo, Oxagaray, Mondillo, Contin, Apestegui y  Finnegan, como así también el elegante y metedor Enrique Aranibe y los hermanos Mingot: el chueco José Mingot, capitán de pelo lacio oscuro, disciplinado y con entrega; y el patón Antonio Mingot, un poco más joven y alto, que se lució de 9, 8, 5, 2 y arquero.

Otro hito en su historia fue haber ganado, en 1979, el primer torneo que la liga de Bariloche jugó contra otras ligas de la región, auspiciado por la AFA. Y lo volvió a ganar dos veces más, frente a grandes como Independiente de Neuquén, Alianza de Cultral Co y Cipolletti. El certamen, que guardaba alguna semejanza con el actual Argentino, habilitaba el ascenso a la B, el Nacional y finalmente a Primera.

Antes que cualquier equipo argentino, Huahuel Niyeo vistió la publicidad de Pepsi durante los años que duraron las prendas. Un dirigente del club, trabajador en la distribuidora de la gaseosa norteamericana, había rogado por once buzos que los jugadores llegaron a usar con 30 grados bajo el sol.

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La desafiliación

Juan Carlos Gatillo Alonso ya estaba enamorado de Huahuel, cuando un abogado de Ingeniero Jacobacci le pidió ser delegado del club ante la sede de Lifuba. Corría 1986 y, desde adentro, Gatillo percibió ese recelo que forma parte del mito. No hay explicaciones convincentes, aunque intenta encontrarlas en los 200 kilómetros de ripio que separaban a los equipos y en esa arrolladora capacidad de ganar que tenían los de la banda.

“Los mejores jugadores de Bariloche se morían por estar en Huahuel, y creo que llegó a ser una especie de selección de la zona. Una vez, jugó un mano a mano con Sol de Mayo, de Viedma, acá en Bariloche. Huahuel perdía dos a cero y en los últimos cinco minutos lo dio vuelta. La gente volvía al estadio a gritar los goles, una locura”, cuenta Gatillo.

Durante sus servicios como delegado, el club adquirió un predio que luego convirtió en cancha habilitada por la AFA. Tiene gradas detrás de un arco y otras en un costado, sobre las que alcanzó a juntar mil personas. Antes, hacía de local en el estadio municipal.

La historia de Huahuel puede reconstruirse a partir de retazos documentales y fuentes orales de primera y segunda mano, a veces contradictorias pero coincidentes en un suceso fundamental: a fines de los ’80, un sector de la dirigencia jacobacina, con más interés en crear un nuevo club, confluyó con una comisión directiva de Lifuba un tanto expulsiva.

Todo se precipitó cuando Huahuel le arrebató en 1988 el título a su eterno rival, Boca Unidos de Bariloche. En septiembre, los de Jacobacci avisaron que no ocuparían su plaza en el torneo regional, por los costos que representaba viajar dos veces al mes cientos de kilómetros, hacinados en un Mercedes 608, sin asientos reclinables.

Sin contemplación, Lifuba multó al club y lo expulsó de la liga.

Huahuel Niyeo permaneció en el ostracismo hasta el año 2000, mientras muchos advertían la decadencia del fútbol local. Ya no se lo veía al Cabezón Sierra, ni a los correntinos Darío, Mario y Jorge Batalla, ni a Laurín ni Alarcone.

El que lo adoptó doce años después fue la liga de Viedma. Desde entonces y hasta 2016, Huahuel clasificó en seis Argentinos. La campaña de 2013 fue una de las mejores, a punto de llevarlo por poco a la B.

La ausencia de desarrollo futbolístico próximo a Jacobacci condenaba a Huahuel Niyeo a pagar 21 mil pesos por partido fuera de la ciudad, entre policías, árbitros y traslado. Incluso en varias ocasiones, la liga de Viedma suspendió encuentros minutos antes del inicio, postergándolos por semanas.

“La situación se volvió insoportable”, nos dice Jorge Larraizar, presidente de Huahuel Niyeo.

El club de Jacobacci pidió entonces reingresar a Lifuba, cuya dirigencia recuerda con admiración al temible equipo de la línea sur. A favor votaron once clubes y en contra cinco. Pero el trámite no es sencillo: aún falta la aprobación del Consejo Federal de la AFA.

En marzo pasado, el tribunal de disciplina deportiva de la liga de Viedma expulsó a Huahuel por no presentarse a jugar contra Sierra Colorada, ni contra Deportivo Belgrano ni Mallín Nehuén. Retobado, sueña en grande con otra oportunidad.

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